La última jugada de Donald Trump en la guerra comercial que está sucediendo en estos últimos tiempos y que no termina de sorprender cada día: el mundo respira aliviado, pero Estados Unidos no.
Los aranceles se han congelado de momento en los países aliados como los europeos, aunque la guerra con China se está manteniendo más viva que nunca. Trump, ahora mismo quiere proyectar fuerza al mundo, pero ahora mismo no le está saliendo muy bien (a no ser que tenga un as bajo la manga).
¿Un déjà vu de los años 30?
Esta no es la primera vez que EEUU decide meterse en este tipo de batallitas con el fin de proteger su economía. Si nos fijamos en el año 1930 cuando aprobaron la ley Smoot-Hawley. En ese momento la idea era proteger el empleo del país subiendo los aranceles a más de 2.000 productos importados. Pero esto salió mal ya que sucedieron represalias comerciales, el desplome de todo el comercio global y se agravó la Gran Depresión.
Ahora, después de 100 años, la historia resuena por ahí. Trump insiste en una protección nacionalista que igual que en aquel entonces, crea más incertidumbres que otra cosa. Lo que pasa es que ahora vivimos en una economía muy conectada y los efectos de cada medida que toman se sienten en tiempo real. Nos enteramos de todo en cuestión de segundos.
El mundo aplaude, Wall Street se hunde
Con la suspensión temporal de los aranceles para Europa, México, Japón y otros socios, los mercados internacionales respondieron con cierto alivio. Pero el castigo a China —y, por extensión, a todas las empresas que dependen de su red de producción— sigue intacto. El S&P 500 cayó más de un 3%, el Nasdaq un 4,3% y el Dow Jones un 2,5%. Todo esto por la inestabilidad y el miedo a nuevas represalias que hagan tambalear el mercado.
Las gigantes tecnológicas y automotrices estadounidenses, muchas con fuertes lazos con China, ven cómo sus costes suben, sus márgenes se reducen y sus planes de expansión se complican. Y esto como es lógico no es buena señal.
¿Y si el “enemigo” se convierte en referente?
En una vuelta aún más irónica del guion, China comienza a aprovechar el vacío que deja EE.UU. en la escena global para posicionarse como defensor del libre comercio. Mientras Washington sube muros, Pekín firma acuerdos, estrecha lazos con países en desarrollo e intenta seducir a los mercados que Trump rechaza.
Es la misma China que, hace apenas unas décadas, era vista como un actor secundario en la economía global. Hoy, sin hacer mucho ruido, presenta su modelo como alternativa estable y previsible frente al caos arancelario norteamericano.
Además, hace poco hemos conocido la visita de Pedro Sánchez a China y esta parece que tenga a España como un aliado preferente según dicen algunos medios. Pero esto al final queda en agua de borrajas siempre, pues España a día de hoy está debilitada y no tiene apenas soberanía. Nuestros políticos son siervos de otros intereses.
Yellen, la voz de la sensatez o una voz disidente
Janet Yellen, exsecretaria del Tesoro y una de las economistas más respetadas de EE.UU., ha calificado la estrategia de Trump como “la peor herida autoinfligida” de las últimas décadas. Sus palabras no son solo una opinión técnica: son una advertencia política. El daño ya no es una posibilidad. Es un hecho.
La propia Casa Blanca ha reconocido por primera vez “problemas de transición” y “costes asociados” a la política arancelaria. Pero lejos de frenar, Trump ha doblado la apuesta, convencido de que puede ganar una guerra comercial que, por definición, que ya veremos como acaba.
