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Psicología y economía: ¿por qué (a veces) gastamos de manera irracional?

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El estudio de la economía se basa en números, fórmulas, gráficos, estadísticas, etc. Sin embargo, detrás de cada decisión económica que tomamos hay algo mucho más complejo: nuestras emociones.

Cuando decidimos si es buena idea invertir o no en un fondo de pensiones, comprar una casa o gastar más de lo que teníamos pensado en unas zapatillas para correr, entran en juego nuestras emociones, nuestras creencias personales y los sesgos mentales. Tanto es así, que muchos expertos ya señalan que para entender cómo invierte, ahorra y gasta la gente no basta con aplicar la lógica matemática, también hay que prestar atención a la psicología.

La economía conductual y los sesgos

Según la teoría económica clásica, las personas toman decisiones racionales para maximizar sus beneficios. Es decir, que ante dos opciones, se evalúan los costos y los beneficios de manera objetiva y se escoge la más favorecedora.

Sin embargo, todo el mundo ha pasado por situaciones en las que ha acabado gastando dinero por impulso y sin evaluar apenas nada. Esto se explica a través de la economía conductual, que combina la economía al estilo tradicional con la psicología y la neurociencia, para poder explicar por qué tomamos decisiones que no son precisamente beneficiosas para nuestro presupuesto.

El estudio ha llevado a los expertos a identificar una serie de patrones de patrones de pensamiento (sesgos) que nos llevan a tomar decisiones poco óptimas desde el punto de vista económico:

Aversión a la pérdida

No lo podemos evitar, nos duele más perder de lo que nos alegra ganar. Por ejemplo, si te dicen que puedes perder 50 € o ganar 50 €, ese miedo a la pérdida va a pesar más en nuestras decisiones que la expectativa de poder ganar dinero.

Un ejemplo práctico: no vender acciones que están bajando de valor, esperando que se “recuperen”, aunque en el fondo sepamos que las posibilidades de que eso suceda son escasas.

Efecto anclaje

De forma inconsciente le damos más importancia al primer valor que vemos. Si una chaqueta antes costaba 200 € y ahora 100 €, nos va a parecer una ganga, incluso cuando su valor real de mercado nunca haya superado los 75 €.

Contabilidad mental

Las personas tenemos tendencia a clasificar nuestro dinero en “compartimentos” mentales que no siempre tienen sentido. Por eso, tratamos con menos cuidado y gastamos de forma más inconsciente un dinero que hemos recibido sin esfuerzo o sin esperarlo, que el dinero que hemos conseguido con nuestro esfuerzo.

Este sistema de contabilidad mental es el que explica en cierta medida que personas que han ganado la lotería acaben totalmente arruinadas pasados unos años.

Efecto de arrastre

Unos días antes de que se declarara el confinamiento en marzo de 2020 por la pandemia de COVID-19, los supermercados estaban llenos de gente comprando papel higiénico. Esto es lo que se conoce como efecto bandwagon o de arrastre: si mucha gente compra algo, sentimos que nosotros también deberíamos hacerlo. Al final, lo que estamos haciendo es gastar dinero en cosas que realmente no nos hacen falta.

Exceso de confianza

Sobreestimamos nuestras habilidades para invertir o manejar el dinero, cuando la realidad es que la cultura financiera en España es bastante baja. Como resultado, muchas personas acaban asumiendo riesgos innecesarios a la hora de invertir su dinero.

Las emociones como motor (e incluso freno) de nuestras finanzas

Gestionar las finanzas exige objetividad, pero tarde o temprano las emociones hacen acto de presencia, porque el dinero está cargado de significado emocional. Por ejemplo, si tenemos suficiente nos vamos a sentir seguros, pero si tenemos poco podemos acabar sintiendo ansiedad.

Esto hace que  el dinero se convierta unas veces en motor y otras en freno de nuestras finanzas. Así, la euforia nos puede llevar a gastar de más o a invertir sin pensar en los riesgos que esto supone. Por el contrario, un exceso de miedo a invertir y perder nos puede llevar a desaprovechar oportunidades que nos habrían hecho ganar dinero.

En el caso del estrés, se puede ver muy bien cómo este lleva a tomar decisiones impulsivas. No son raros los casos de personas que ante un problema económico deciden comprar a crédito o pedir un préstamo. Esto, lejos de resolver su situación, la acaba agravando, porque hace la deuda todavía más grande.

Como curiosidad, un estudio de la Universidad de Stanford puso de relieve que cuando las personas están tristes gastan más en compras impulsivas que cuando están de buen humor. Porque lo que se busca con la compra no es cubrir una necesidad material, sino intentar regular el estado de ánimo.

Ejemplos reales de cómo influye la psicología en la economía

Esto que estamos viendo, los especialistas en marketing lo saben muy bien. De ahí que la mayoría de las promociones estén pensadas para llevarnos a la compra por impulso.

  • Black Friday. Nos ofrece ofertas por tiempo limitado y es el miedo a perder la oportunidad a adquirir un producto un poco más barato lo que nos empuja a comprar.
  • Loterías y juegos de azar. Aunque las posibilidades de ganar son ínfimas, con solo imaginar el premio se activa el sistema de recompensas del cerebro y esto lleva a jugar.
  • Restaurantes y menús. Los precios y las descripciones de los platos no se ponen al azar. Se colocan “platos ancla” que son muy caros, para que el resto parezcan tener un precio razonable.

¿Cómo podemos tomar decisiones más racionales?

Nuestra psique influye en todas nuestras decisiones, y las económicas no son una excepción. Si quieres evitar que las emociones y los sesgos te llevan a gastar de más, tienes que “hacerle trampa” a tu cerebro. Prueba con esto:

  • Cuando sientas el impulso de comprar algo, no lo hagas inmediatamente, espera 24 horas. En la mayoría de los casos, darte un tiempo prudencial para tomar la decisión hace que la sensación de falsa necesidad desaparezca.
  • Establece reglas fijas para tu presupuesto. Si solo puedes gastar al mes un determinado porcentaje de tu salario en cierto tipo de compras, serás más comedido.
  • Cuestiona los precios que ves. Dedica tiempo a investigar el valor real de las cosas y pregúntate si pagarías lo mismo por ese artículo si no estuviera rebajado o en oferta.